Si llegamos a entender nuestra mente y gestionar nuestras emociones, conseguiremos mejorar significativamente nuestra vida a través del bienestar cotidiano.

Actualmente, la neurociencia y nuestro inconsciente —pensamientos, emociones y sentimientos — explican en gran medida cómo actuamos.

Si comprendemos cómo funciona nuestra mente, gestionaremos adecuadamente nuestras emociones y mejoraremos nuestra vida.

Tengamos la edad que tengamos, normalmente existen posibilidades de recuperar la ilusión por la vida y diseñar un camino mejor. De hecho, la felicidad consiste en vivir desarrollando nuestras creencias y aptitudes, que generarán la sensación de bienestar.

Podríamos decir que la felicidad es un sentimiento positivo y subjetivo en el que experimentamos satisfacción, alegría y bienestar. Su origen es multifactorial, como las relaciones interpersonales, los logros, la conexión con la naturaleza, el bienestar físico y emocional, la realización personal, etc.

Puede ser diferente para cada persona, ya que lo que hace feliz a una persona puede no tener el mismo efecto en otra.

La felicidad, fruto de esta sensación de bienestar, depende del sentido que le damos a nuestra vida. 

El bienestar es un estado de satisfacción y calidad de vida de las personas, consecuencia de la salud física y mental, de las relaciones interpersonales, la seguridad financiera, el sentido de propósito y la realización personal. En general, se considera que una persona tiene un nivel de bienestar alto cuando se siente contenta, saludable, segura y satisfecha con su vida.

Por todo ello, nos conviene diseñar un camino, para lo que es imprescindible saber lo que realmente queremos de la vida.

Y es aquí donde encontramos la primera dificultad:

“Habitualmente nos resulta fácil saber lo que NO queremos. Pero verbalizar lo que SI queremos es otro cantar”.

Solemos pensar que es una cuestión de tiempo y consecuencia de las experiencias, corriendo el riesgo de vivir dejándonos llevar por todas las circunstancias de la vida: las incontrolables y las controlables…

La realidad es que, frecuentemente, sustituimos “sentido” por “sensaciones”, lo que crea una sensación de vacío que intentamos llenar experimentando constantemente sensaciones nuevas e intensas en áreas tales como el cuerpo, el sexo, la comida, el alcohol, el entretenimiento, etc. Y con resultados inmediatos.

Potencialmente esto conlleva problemas psicológicos, especialmente en nuestra autoestima y seguridad, que nos permita que no dependamos de lo externo, ni de otras personas.

Quien no sepa lo qué desea, no encontrará sentido a su vida y difícilmente será feliz.

No hay viento favorable para el que no sabe dónde va”, (Séneca)

La felicidad y el bienestar dependen del equilibrio entre nuestras expectativas personales, afectivas, profesionales y lo que hemos ido logrando.

Lo habitual es actuar a corto plazo, reaccionando a los estímulos externos que nos afecten, dejándonos llevar; cuando lo deseable y más costoso es tener claro lo que queremos.

Querer algo en la vida es personal y subjetivo, y varia significativamente de persona a persona.

Generalmente buscamos la felicidad, el bienestar, tener relaciones significativas, un trabajo satisfactorio, contribuir a la sociedad, etc.

Otras pueden buscar la realización personal a través del logro de metas específicas, como alcanzar el éxito financiero o la fama, o el desarrollo de habilidades o talentos particulares.

Construimos una vida con sentido, en compañía de las demás personas, para lo que son muy importante habilidades como la empatía y la flexibilidad.

En esa construcción hay que identificar lo que queremos para poder elegir.

El camino para ello comienza por ponerlo todo “patas arriba” y volver a “colocarlo” según nuestros intereses, descubriendo lo que nos hace felices e identificar cómo lograrlo. Ello requiere un proceso de autoexploración y reflexión, así como la experimentación y decisiones valientes.

Según la teoría psicosocial de E. Erikson la persona, a medida que va viviendo, atraviesa diferentes etapas, en las que va desarrollando su consciencia y sus competencias (habilidades y destrezas), a través de la interacción social.

Cada etapa conlleva experiencias que permiten el desarrollo individual, creciendo psicológicamente; en definitiva, competencias. Adquirir cada competencia, ayuda a resolver los retos que se presentarán en la siguiente etapa vital. Conocer estas etapas nos puede ayudar a identificar lo que realmente deseamos de la vida.

Los 8 estadios psicosociales más importantes son los siguientes:

1. Confianza frente a desconfianza.  Desde el nacimiento hasta los 18 meses de vida, y depende de la relación desarrollada con la persona que desempeña el papel de madre. Esta podrá fijar cómo serán los vínculos futuros con las demás personas a lo largo de su vida. Las sensaciones de confianza, vulnerabilidad, frustración, satisfacción, seguridad etc. condicionarían la calidad de las relaciones. La fuerza básica de la infancia es la esperanza.

2. Autonomía frente a vergüenza y duda. Desde los 18 hasta los 36 meses de vida, comienza el desarrollo cognitivo y muscular, que implica un proceso de aprendizaje con momentos de dudas y de vergüenza. Los logros en esta etapa desencadenan la sensación de autonomía y de sentirse como una vida independiente. La fuerza básica de la niñez temprana es la voluntad.

3. Iniciativa frente a culpa. Desde los 3 hasta los 5 años de edad. El desarrollo es muy rápido, tanto física como intelectualmente. Sienten curiosidad y el interés por relacionarse con los demás, probando sus habilidades y capacidades. Si los padres reaccionan negativamente a ello, pueden generar el sentimiento de culpa. La fuerza básica de la edad del juego es la finalidad.

4. Laboriosidad frente a inferioridad. Entre los 6-7 años hasta los 12 años. Tienen interés por cómo funcionan las cosas e intentan realizar actividades con su propio esfuerzo y practicando sus conocimientos y habilidades. De aquí la importancia de la estimulación positiva en la escuela, en casa o del grupo de iguales. Éste último comienza a tener una relevancia trascendental.

Si esto no fuera bien acogido o sus fracasos motivaran las comparaciones con otros, podría sentir inferioridad e inseguridad ante los demás. La fuerza básica de la edad escolar es ser competentes.

5. Exploración de la Identidad frente a difusión de la identidad durante la adolescencia. Hay una pregunta que resuena en su interior: ¿Quién soy? Empiezan a mostrarse más independientes y a distanciarse de los padres para pasar tiempo con sus amistades.

También comienzan a pensar en el futuro y a decidir qué quieren estudiar, en qué trabajar, dónde vivir, con quién estar, etc. y a explorar sus propias posibilidades, para terminar de definir su identidad a través de las experiencias. Esta búsqueda probablemente causará sentimientos de confusión. La fuerza básica de la adolescencia es la fidelidad.

6. Intimidad frente al aislamiento. Desde los 20 hasta los 40 años, aproximadamente. La forma de relacionarse con las demás personas cambia; empieza a valorar relaciones más íntimas con compromiso recíproco, que genere sentimientos de seguridad, de compañía y de confianza. Evadiendo este tipo de intimidad, podría aproximarse a la soledad o el aislamiento y, finalmente, depresión. La fuerza básica de la juventud es amor.

7. Generatividad frente a estancamiento. Desde los 40 hasta los 60 años. Normalmente hay una dedicación mayor de su tiempo a su familia. Se prioriza la búsqueda de equilibrio entre la productividad (vinculada al futuro propio y familiar) y el estancamiento (ser y sentirse útil en el mundo). La fuerza básica de la adultez es el cuidado.

8. Integridad del yo frente a la desesperación. Desde los 60 años. Habrá un momento en el que no produzcamos tanto como antes. La vida y la forma de vivir se ven alteradas significamente. Amistades y familiares van falleciendo, hay que afrontar los duelos que causa la vejez, tanto en el propio cuerpo como en el de los demás. La fuerza básica de la vejez es la sabiduría.

A partir de aquí, estas son ideas que pueden ayudarnos a descubrir lo que deseamos de la vida:

  • Reflexionemos sobre nuestros valores: pensemos en las cosas que nos importan. ¿Qué valores guían nuestras decisiones y acciones? ¿Qué es lo que nos importa más en la vida?
  • Identifiquemos nuestras fortalezas: Consideremos las cosas que hacemos bien y qué disfrutamos haciendo. ¿Qué habilidades o talentos tenemos que podemos usar para hacer una contribución positiva al mundo?
  • Pensemos en lo que nos apasiona: ¿Hay algo no haga sentir la vida? ¿Hay alguna actividad o tema que nos entusiasme y nos haga sentir que marca la diferencia?
  • Visualicemos nuestro futuro: imaginemos cómo nos gustaría que fuera nuestra vida dentro de unos años. ¿Qué nos gustaría lograr? ¿Dónde nos gustaría estar? ¿Qué tipo de vida nos gustaría vivir?
  • Exploremos diferentes opciones: Probemos diferentes cosas y experiencias para descubrir lo que nos gusta y lo que no. A veces, la única forma de saber lo que deseamos es experimentando.

El psiquiatra Viktor Frankl estudió la psicopatología de masas durante la Segunda Guerra Mundial, enfatizando su tesis de que a las personas no se nos puede quitar poder elegir nuestra actitud ante la vida. Sabiendo qué queremos de la vida podemos idear, a pesar de los pesares, nuestro propio destino. Porque ello nos permite encontrar el sentido de nuestra vida.

Incluso en los terribles campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial hubo quienes pudieron afrontar los problemas y sobrevivir física y psicológicamente.

Las personas que encuentran un para qué en su vida, tienen más razones y probabilidades de ser felices.

Descubrir lo que se deseamos de la vida es un proceso continuo en el que la autoexploración es un camino personal y cada persona tiene su ritmo.

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