
Cuando sentimos que hemos perdido el rumbo: Las transiciones vitales:
Hay momentos en la vida en los que, aparentemente, todo sigue funcionando y, sin embargo, sentimos que algo ha dejado de encajar porque hemos perdido el rumbo.
Nos levantamos, hacemos nuestras tareas, hablamos con las personas de siempre y continuamos con nuestras tareas. Pero por dentro aparece una sensación difícil de explicar: «Ya no sé muy bien hacia dónde voy».
Puede ocurrir
- después de una separación
- al jubilarnos
- cuando los hijos se marchan de casa
- tras perder a alguien importante
- ante un cambio profesional
- cuando aparece una enfermedad
- cuando descubrimos que la vida que llevábamos ya no nos representa como antes
Son transiciones vitales. Y aunque algunas sean elegidas y otras nos vengan impuestas, todas tienen algo en común: nos obligan a despedirnos, al menos parcialmente, de una manera conocida de vivir y a construir otra que todavía no sabemos exactamente cómo será.
Cuando lo que antes funcionaba deja de hacerlo
Durante años vamos construyendo una determinada forma de entendernos a nosotros mismos.
- «Soy padre o madre».
- «Soy profesional».
- «Soy la persona que cuida de los demás».
- «Soy marido o mujer de…».
- «Mi vida consiste en.…».
Estas definiciones nos proporcionan cierta estabilidad. Nos ayudan a saber quiénes somos, qué se espera de nosotros y hacia dónde dirigir nuestros esfuerzos.
El problema aparece cuando la vida cambia.
- Una persona se jubila después de muchos años trabajando y descubre que no solo ha perdido un horario. También ha perdido parte de la identidad que había construido alrededor de su profesión.
- Alguien termina una relación y no pierde únicamente a su pareja. También desaparecen proyectos, rutinas, amistades compartidas y la imagen del futuro que había imaginado.
- Los hijos se independizan y unos padres pueden alegrarse profundamente por ellos y, al mismo tiempo, experimentar un extraño vacío.
Incluso los cambios deseados pueden producir desorientación.
Porque ganar algo nuevo también puede implicar despedirse de algo anterior.
No todas las pérdidas son visibles
Cuando hablamos de duelo solemos pensar en la muerte de una persona querida. Sin embargo, a lo largo de nuestra vida atravesamos muchos otros pequeños y grandes duelos.
Podemos despedirnos
- de una etapa
- de un proyecto
- de una relación
- de determinadas capacidades físicas
- de un trabajo
- de una casa
- de una expectativa que nunca llegó a cumplirse.
También podemos necesitar despedirnos de una versión anterior de nosotros mismos.
Y algunas de estas pérdidas resultan especialmente difíciles porque los demás no siempre las reconocen.
- «Pero si ahora tienes todo el tiempo del mundo».
- «Deberías estar contento».
- «Ya encontrarás otra pareja».
- «Tus hijos tienen que hacer su vida».
Todas estas frases pueden ser ciertas y, sin embargo, no eliminan el proceso emocional que supone adaptarnos a una realidad diferente.
La incómoda zona intermedia
Las transiciones vitales tienen una característica peculiar: durante algún tiempo podemos encontrarnos entre dos mundos.
- El anterior ya no existe como antes.
- El nuevo todavía no está construido.
- Es una posición incómoda.
Nuestra mente quiere certezas y rápidamente comienza a hacernos preguntas:
- «¿Y ahora qué hago?»
- «¿Cómo será mi vida dentro de unos años?»
- «¿He tomado la decisión correcta?»
- «¿Volveré a sentirme como antes?»
- «¿Qué sentido tiene ahora todo esto?»
Intentamos encontrar respuestas inmediatas porque creemos que así desaparecerá la incertidumbre. Pero algunas etapas de nuestra vida no se resuelven pensando más.
Necesitan tiempo, experiencia y movimiento.
A veces el nuevo camino aparece mientras caminamos, no antes.
El peligro de interpretar la desorientación como fracaso
Uno de los errores más frecuentes consiste en pensar que sentirnos perdidos significa que estamos haciendo algo mal.
No necesariamente.
La desorientación puede ser una consecuencia completamente comprensible de estar reorganizando nuestra vida.
Imaginemos que durante décadas hemos recorrido siempre la misma carretera. Conocemos cada curva, cada salida y cada señal. De repente, esa carretera termina.
Es lógico que durante un tiempo no sepamos qué dirección tomar.
El problema surge cuando añadimos un segundo sufrimiento:
- «A mi edad debería tenerlo todo claro».
- «Estoy desperdiciando mi vida».
- «Las demás personas parecen saber perfectamente lo que hacen».
- «No tendría que sentirme así».
Entonces ya no solamente tenemos que afrontar el cambio. También tenemos que luchar contra nosotros mismos.
No necesitamos tener resuelta toda nuestra vida
Cuando nos encontramos en una transición solemos formular preguntas demasiado grandes:
¿Qué voy a hacer con mi vida?
Es comprensible, pero quizá sea una pregunta excesiva.
Podemos sustituirla por otras más pequeñas:
- ¿Qué me gustaría empezar a hacer de manera diferente?
- ¿Qué necesito cuidar durante esta etapa?
- ¿Qué pequeño paso puedo dar estos días?
- ¿Qué personas quiero tener cerca?
- ¿Qué quiero conservar de mi vida anterior?
No necesitamos diseñar los próximos diez años.
Necesitamos encontrar el siguiente paso suficientemente bueno.
Los valores pueden funcionar como una brújula
Aquí aparece una idea especialmente útil: distinguir entre metas y valores.
Una meta es algo que podemos alcanzar.
Viajar a un determinado lugar, terminar un curso, encontrar pareja, perder peso o conseguir un nuevo trabajo son metas.
Los valores son diferentes.
Son direcciones que queremos mantener en nuestra forma de vivir:
- cuidar nuestra salud
- conservar nuestra autonomía
- cultivar nuestras relaciones
- aprender
- ayudar
- crear
- disfrutar
- amar
- actuar con honestidad
- vivir con mayor serenidad
Las circunstancias pueden impedirnos alcanzar algunas metas.
Pero casi siempre podemos preguntarnos:
«Dentro de la situación que tengo, ¿cómo quiero comportarme?»
Los valores funcionan como una brújula.
Una brújula no elimina las tormentas ni nos garantiza que el camino sea fácil. Simplemente nos ayuda a recordar hacia dónde queremos caminar.
No preguntarnos solamente qué hemos perdido
Cuando atravesamos una transición es inevitable mirar hacia atrás.
Y necesitamos hacerlo.
Pero también podemos empezar, poco a poco, a mirar hacia delante.
Una pregunta especialmente útil es:
«¿Qué posibilidades existen ahora que antes no existían?»
No se trata de buscar desesperadamente el lado positivo ni de convencernos de que toda pérdida ocurre «por alguna razón».
Hay experiencias dolorosas que simplemente son dolorosas.
Se trata de reconocer que, incluso después de una pérdida importante, nuestra vida continúa conteniendo posibilidades.
Una persona jubilada puede descubrir actividades que durante décadas había pospuesto.
Alguien que atraviesa una separación puede reconstruir aspectos de su identidad que habían quedado relegados.
Una persona cuyos hijos ya no viven en casa puede empezar a preguntarse qué quiere hacer ahora con una parte del tiempo y la energía que durante años dedicó a cuidarlos.
No sustituimos lo perdido.
Construimos algo nuevo alrededor de ello.
La identidad también puede evolucionar
A veces sufrimos porque intentamos mantener una definición de nosotros mismos que pertenecía a otra etapa.
Pero nuestra identidad no es una fotografía fija.
Podemos haber sido muchas personas a lo largo de una misma vida.
Hemos sido niños, jóvenes, parejas, padres, profesionales, amigos, cuidadores, estudiantes…
Y podemos seguir incorporando nuevas facetas.
En lugar de preguntarnos únicamente:
«¿Quién era yo?»
podemos empezar a preguntarnos:
«¿Quién quiero ser ahora?»
No necesitamos renegar de nuestra historia para seguir avanzando.
Podemos llevarla con nosotros sin permitir que determine completamente nuestro futuro.
Un ejercicio: mi brújula para esta nueva etapa
Podemos coger una hoja y escribir cinco áreas:
Salud — Relaciones — Crecimiento personal — Ocio — Contribución a los demás.
Después podemos preguntarnos:
- ¿Qué es importante para mí en cada una de estas áreas?
- ¿Cuál de ellas tengo más abandonada actualmente?
- ¿Qué pequeña acción podría realizar durante los próximos siete días para acercarme a la persona que quiero ser?
Conviene elegir algo concreto y pequeño.
No «quiero cuidar mis relaciones», sino:
«Esta semana llamaré a una persona con la que me gustaría recuperar el contacto».
No «quiero cuidarme más», sino:
«Saldré a caminar veinte minutos tres días esta semana».
No «quiero disfrutar más de la vida», sino:
«El sábado haré una actividad que me apetece y que llevo tiempo posponiendo».
Las grandes reconstrucciones suelen comenzar con acciones mucho más pequeñas de lo que imaginamos.
Aceptar que podemos avanzar sin tener todas las respuestas
Una de las habilidades más importantes durante una transición vital sea aprender a convivir durante algún tiempo con la incertidumbre.
- Podemos sentir tristeza por lo que dejamos atrás y curiosidad por lo que viene.
- Podemos echar de menos nuestra vida anterior y, al mismo tiempo, empezar a construir otra.
- Podemos sentir miedo y seguir avanzando.
No tenemos que esperar a sentirnos completamente seguros para movernos.
La vida rara vez nos da un mapa completo.
A veces solamente nos permite ver unos metros por delante.
Y puede ser suficiente.
Porque quizá atravesar una transición vital no consista en descubrir inmediatamente qué vamos a hacer con el resto de nuestra vida, sino en algo mucho más sencillo y humano:
reconocer lo que hemos perdido, aceptar que durante un tiempo podemos sentirnos desorientados y comenzar, poco a poco, a caminar en la dirección de aquello que todavía nos importa.
¿Cómo ayuda un psicólogo online en una transición vital?
Hay cambios que conseguimos afrontar con nuestros propios recursos y con el apoyo de las personas que nos rodean. Sin embargo, otras veces la sensación de desorientación se prolonga: damos vueltas continuamente a lo ocurrido, nos cuesta tomar decisiones, sentimos que hemos perdido la ilusión o sabemos que necesitamos cambiar algo, pero no encontramos por dónde empezar.
En estos momentos, un psicólogo online puede ayudarnos a comprender qué nos está ocurriendo y acompañarnos en la construcción de una nueva etapa.
La terapia pretende ayudarnos a desarrollar recursos para relacionarnos de otra manera con aquello que estamos viviendo.
Comprender y aceptar lo que estamos sintiendo
Una separación, una jubilación, la pérdida de una persona querida, los cambios familiares o profesionales y el propio paso del tiempo pueden despertar tristeza, miedo, rabia, culpa o incertidumbre.
El trabajo psicológico puede ayudarnos a dar sentido a esas emociones sin considerarlas automáticamente un problema que debemos eliminar. Muchas veces son respuestas comprensibles ante una realidad que ha cambiado.
Evitar quedar atrapados dando vueltas a lo mismo
Cuando no sabemos qué hacer, nuestra mente intenta encontrar una solución pensando una y otra vez sobre el problema.
Repasamos conversaciones, imaginamos escenarios futuros, buscamos explicaciones y nos preguntamos continuamente qué habría ocurrido si hubiéramos actuado de otra manera.
Pero pensar más no siempre significa resolver mejor.
Un psicólogo puede ayudarnos a distinguir entre reflexionar para encontrar soluciones y rumiar sin avanzar, aprendiendo a tomar distancia de pensamientos que terminan dominando nuestro día.
Aprender a convivir con aquello que no podemos controlar
Una parte importante del sufrimiento aparece cuando intentamos conseguir certezas que la vida no puede proporcionarnos.
Queremos saber qué ocurrirá, cómo actuarán los demás o cuándo volveremos a sentirnos bien.
La terapia puede ayudarnos a diferenciar entre aquello sobre lo que podemos actuar y aquello que no depende de nosotros, dedicando nuestra energía a lo primero y aprendiendo a convivir con la incertidumbre de lo segundo.
Recuperar nuestros valores como brújula
Cuando perdemos una referencia importante también podemos perder temporalmente nuestra dirección.
Por eso, una parte del proceso terapéutico puede consistir en preguntarnos:
¿Qué sigue siendo importante para mí?
Quizá sean la familia, la autonomía, la amistad, la salud, el aprendizaje, la tranquilidad, la creatividad, ayudar a los demás o disfrutar más del presente.
Identificar nuestros valores nos permite pasar de «no sé qué hacer con mi vida» a una pregunta mucho más útil:
«Dadas las circunstancias que tengo ahora, ¿qué pequeño paso puedo dar hacia la vida que quiero construir?»
Convertir la reflexión en acciones concretas
Comprender lo que nos ocurre es importante, pero normalmente no es suficiente.
El cambio también necesita acciones.
Podemos empezar recuperando una actividad abandonada, poniendo un límite, retomando relaciones, ampliando nuestra vida social, cuidando nuestra salud, iniciando un proyecto o simplemente modificando alguna pequeña rutina.
Un psicólogo puede acompañarnos para que esas acciones sean realistas, progresivas y coherentes con nuestros valores, en lugar de convertirlas en una nueva fuente de exigencia.

En mi servicio de Psicología Online acompaño a personas que desean comprenderse mejor, romper patrones que les hacen sufrir y desarrollar formas más saludables de afrontar las transiciones vitales.
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